
Libro de bolsillo original de la primera impresión de 1926.
Hace tiempo que no andaba por estos lados.
Hace un tiempo atrás comencé a leer El Castillo de Franz Kafka. Abandonado durante un tiempo, lo retomé y me di la tarea de terminarlo. Fue un duro trabajo. No porque fuera un mal libro, sino que la oscuridad y encierro que se experimenta a través de la lectura me superó.
El Castillo es un libro publicado postumamente por su albacea Max Brod en 1926, y nunca fue terminado, al igual que El Proceso. Se supone que los textos entregados a Brod nunca serían publicados, de hecho Kafka le pidió expresamente que fueran quemados, pero este caballero quiso otra cosa.
El tema principal del libro es la marginalidad en que se encuentra su protagonista, llamado simplemente K. Así como Gregorio Samsa (La Metamorfosis) era un bicho raro, K. tambien lo es, pero en formas muy diferentes. K. no entiende, no sabe, no ve. Está en un lugar extraño, con personas extrañas, y él mismo es un ser extraño. Todo lo que lo rodea es un absurdo tras otro, que lo encierra y lo sumerge en un océano de conjeturas.
Cada paso que da parece un paso hacia atrás, y la salida no se divisa en ninguna parte. En el medio de toda esta oscuridad se divisa una luz: la hermosa Frieda, que en realidad no era tan hermosa, pero que termina siendo el único personaje cuerdo en esta maraña de vértigo y locura. Frieda se convierte en sus ojos por un breve momento, el tiempo suficiente para que K. se asome con esfuerzo hacia su interior.
Pero la claustrofobia continúa… y nos vamos dando cuenta que este país creado por Kafka no es tan absurdo, comparado con las cosas que vemos en la vida diaria, las mismas cosas que Kafka sufría y soportaba a diario. Esa misma náusea de la que hablaba Sartre; o la sensación de no pertenecer a este mundo, como el querido Meursault de Camus.
Conocemos nuevos personajes en este mundo irracional, todos tan extraños como el mismo K. Cada vez se siente más odiado, pero a la vez siente el derecho de saber todo lo que ocurre en la aldea, y en él mismo. Sus vanos esfuerzos a veces son hilarantes, otras son grotescos, y sus molestos ayudantes nos molestan tanto como a él. Encontramos menos bella Frieda, sentimos mas curiosidad por Klamm. Poco a poco la metamorfosis se va apoderando de nosotros, pero no nos volveremos un insecto.
Todo se convierte en una larga angustia, una eterna espera, hasta encontrarnos que al final todo se va a negro, pero no nos importa, todo es mejor con las luces apagadas. Y al llegar al último párrafo solo escuchamos el sonido de nuestra respiración, imaginando lo que pudo pasar si esa puerta no se hubiera cerrado, o si la nieve nunca hubiera caído. Finalmente nos hemos convertimos en un personaje más dentro de la cabeza de Kafka…






